lunes, septiembre 11, 2006

Do not expect any punchline...

Es bien sabido por todos que después de muchos y muy largos días de sequía social, de repente caerá sobre nosotros una tromba de eventos y celebraciones alocadas que no se pueden aplazar ni evitar. Este ha sido el caso de las dos últimas semanas. La fiesta mayor de Sabadell, aunque muy divertida, fue devastadora y me dejó muy necesitado de una semana de abstinencia. Por desgracia no he tenido esa suerte…

Las escasas neuronas que no habían perecido ante la marea de calimocho de las barracas, han sido ahogadas por un maremoto de sangría, lambrusco y brebajes varios durante las dos fiestas de cumpleaños y el secuestro amistoso contra los que me he dado de bruces estos tres últimos días. Además no podían ser celebraciones normales… ¡Ni hablar! Cada una de las fiestas estaba programada de una manera especial para complicarme la vida…

El secuestro del jueves no fue muy interesante. Solo decir que me arrastraron a la Sala Apolo de Barcelona, donde casi muero por asfixia y deshidratación. Cuando las cosas se empezaron a poner raras fue el viernes, cuando me llamó un amigo para invitarme a su cena de cumpleaños y posterior salida juerguista, que se celebraba esa misma noche.

TRAS LA LÍNEA ENEMIGA

El problema radicaba en que el buen hombre es de Sant Cugat, y podríamos decir que su círculo de amigos es de filosofía más bien alejada del camino de las camisetas frikis y el puchero de calimocho (Aunque son muy buena gente), así que era bastante más que probable que el portero de cualquiera que fuera el selecto lugar al que me llevaran, me lanzara una descarga con un taser nada mas verme aparecer con mi melena al viento, mi barba de dos semanas y mi camisa hawaiana.

¿La solución? Ir de incógnito.

El primer paso, el de afeitarme, no fue realmente un incordio, ya que hacía tiempo que quería hacerlo pero la vagancia me vencía. La ropa fue algo más difícil, porque aún disponiendo de una verdadera legión de camisas negras (¡e incluso alguna de otro color!), ninguna parecía alejar de mí el estigma del paria de la moda discotequera.

Por suerte mi hermano mayor, al parecer una eminencia en la materia, me prestó algo de ropa de su abarrotado armario. Fue en ese momento cuando descubrí el secreto de la ropa pija: si tiene una silueta bordada en el pecho con la forma de un hombre jugando al polo, es una exquisita prenda de vestir; si no la tiene, es un trapo con botones. Para los pantalones la regla parece ser distinta: si no son quince tallas mayores de lo que te corresponde, no son mejores que un simple taparrabos de esparto.

El único problema que quedaba era el pelo, y como no estaba dispuesto a recorrer a la amputación para satisfacer los requisitos de los porteros, decidí arriesgarme a presentarme con mi melena intacta.

La cena fue bien, el botellón aún mejor, y supongo que el ir extraordinariamente borracho se considera un atributo favorable en la clientela de las discotecas de St. Cugat, ya que no me pusieron ninguna pega para entrar. Es bueno saber que, mientras que el llevar unos zapatos que no llegan al nivel requerido implica una expulsión inmediata del local, uno puede pasar junto al portero rozando el coma etílico sin que te digan nada más que “cuidado con el escalón al entrar”. Loco mundo y sus leyes…

Fue una noche bastante divertida, y al final solo lamentaba tener que recorrer la distancia desde la estación de tren hasta mi casa con esos pantalones que parecían diseñados para un ave zancuda.

Eran las nueve de la mañana, estaba echo polvo y los efectos post-juerga ya empezaban a martillearme la cabeza, pero estaba contento, ya que la fiesta del día siguiente era la de mi hermano y se celebraba en casa, así que podría disfrutar de un largo sueño reparador y luego celebrar una tranquila reunión social sin moverme demasiado ni tener que disfrazarme de esperpento.
Qué equivocado estaba.

¡MORITURI TE SALUTANT!

Empecé a sospechar que algo iba mal cuando, a las cinco de la tarde, un ajetreo por toda la casa me sacó de mi plácido sueño para arrojarme de lleno en medio de una durísima resaca. La puerta de mi habitación se abrió de golpe y apareció la cara de mi hermano mediano.

-Marc,- me dijo- me he comprado una coraza romana de plástico y un casco para la fiesta de esta noche. ¿Cómo llevas tú tu disfraz de romano?

No dije nada, pero la cara que puse fue respuesta más que suficiente como para necesitar añadir palabra alguna.

-¿No sabias que teníamos que disfrazarnos de romanos para darle una sorpresa?

Más silencio. También bastó.

-Joder- dijo, y desapareció.

Llevaba despierto dos minutos y ya me habían chafado el día: disponía de tres horas y media para conseguir un puñetero disfraz de romano un sábado, en pleno septiembre y con casi todas las tiendas de disfraces de la ciudad cerradas. Todo ello a la vez que preparábamos la casa para una fiesta de 40 personas y manteniéndoselo en secreto a mi hermano mayor, el cumpleañero, que no debía saber nada hasta las nueve y media. Me levanté refunfuñando y me vestí con lo primero que encontré. Salí disparado de casa a patearme la ciudad.

Normalmente me encanta disfrazarme, pero necesito tiempo para prepararme un disfraz creíble y más o menos único. Por eso mi humor empeoró bastante cuando llegué a la única tienda de disfraces que quedaba abierta en la ciudad y me encontré con que la dependienta ya tenia preparado el “pack romano” para toda la gente que había ido a comprar el disfraz esa misma semana: una horrible coraza y un casco aún peor, acompañados por un triste escudo con el agarre desproporcionado. Todo ello realizado en plastiquete de la peor calidad. Para colmo se habían acabado las espadas, de manera que no solo iba a llevar lo mismo que todo el mundo, sino que encima estaría desarmado ante cualquier crítica. Fue entonces cuando vi el arpón de ballenero. “Al cuerno”, pensé, y lo añadí al disfraz como triste sucedáneo de pilum.

Las dos horas siguientes fueron un ejemplo magnífico de cómo compaginar la creación clandestina de una capa de centurión con frenéticos correteos por la casa, compras de última hora, y la conflictiva elaboración de litros de sangría casera. Finalmente conseguí un buen corte de tela que podía pasar por una capa decente, así como un broche que daba bastante el pego, así que supongo que algo es algo.

Cuando finalmente llegó la hora de la sorpresa masiva descubrí que la vendedora me había tomado el pelo. Solo dos corazas se contaban entre la multitud, que había optado en su mayoría por una túnica blanca con corona de laurel, así como distintos adornos bastante vistosos y creíbles. Dos corazas y tres cascos, además de lo que yo tenía.

Cuando vi que no era muy propio de un centurión llevar tejanos y bambas, y no siendo muy dado al transvestismo, decidí que en lugar de la típica minifalda podría pasar vagamente con unos pantalones negros cortos de deporte y unas sandalias. No demasiado bien, me temo, pero por suerte la capa camuflaba la chapuza más o menos bien.

Todavía me faltaba aprender la lección más importante: La tolerancia al alcohol no es la misma cuando no has comido nada en todo el día salvo unos cuantos canapés y tres o cuatro trozos de sushi.



Mejor digamos dos lecciones: La sangría casera emborracha dos o tres veces más que un cubata estándar.

Armado con mi cáliz gótico, asalté la sangría para recobrarme tras una larga tarde de estrés, y no pasó mucho tiempo antes que la borrachera me introdujera demasiado profundamente en mi rol de centurión romano. Recuerdo vagamente que llevaba a cabo una lucha personal con aquellos a los que llamaba “bárbaros” (gente que se había quitado el disfraz) y que daba órdenes a cualquiera que viera vestido de legionario. Mi memoria empieza a empañarse en el momento en que empecé a balbucear que “Las cosas iban mejor en los tiempos del emperador Tito”, y lo último que recuerdo es que para el final de la fiesta (o la caída del imperio, como decía yo…) di un golpe de estado y me hice con la corona de laurel de mi hermano el césar (para quien habían alquilado un disfraz sorpresa especialmente para la ocasión).

Al final, e impulsado por el alcohol, hice un esfuerzo sobrehumano para acompañar a todo el mundo a “la república”. Pese a lo idóneo del nombre, ya no íbamos disfrazados, así que mi alter ego ya se había retirado otra vez a mi subconsciente. No tardé mucho en agotar la energía que no tenía y tuve que volver a casa. Cuando me he despertado mi habitación parecía una armería después de un terremoto.

Aquí os dejo una magnífica foto mía que resume bastante bien la noche.



El emperador Marcus, el último del imperio.

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8 Comments:

Blogger Lupin_3th said...

jajaaj dios mio!...por que no haremos fiestas de estas XD...hagamos una de hobbits XD o de Star Wars jaja

1:16 p. m.  
Blogger eva potter said...

jojojojo perdona k rigui ee pero ke ma fet gracia xD es el millor post k has escrit i escriuràs xDDDD

se sienteee!! ets grandet x tanta festa!! jijiji ara k lo k proposa el jaime m sembla be...!!DE HARRY POTTER!!YEAH

9:19 p. m.  
Blogger iron-fix said...

jaja genial la entrada, molt bona. Si que t'ho passes bé, tu. Jo tmb vull fer festes d'aquestes com diu el jaumet. Podriem montar algo un dia...mmmm hi pensaré...

10:55 p. m.  
Blogger BeaKManiak said...

Jajaja. Ja no som el que erem, eh? M'ha molat l'estil novel·la que has portat, semblava un llibre de la guardia de Mundodisco xDD

PD: Peazo post llarg, si m'ho permets comentar, ja que hi sóc xD

11:39 p. m.  
Blogger Lupin_3th said...

hagamos una fiesta con tematica de bucaneros y duelos de espadas !

3:49 p. m.  
Blogger Nylonathathep said...

Y ron? xD

4:38 p. m.  
Anonymous Nando said...

si hi ha festa Potter, m'apunto! Llopis m'avises i la liarem...queda en peu...avisa a veure si fem algo que des de primer que ho dius i no hem fotut res.Ala magister, ens veiem.

Nando

8:36 p. m.  
Blogger Nylonathathep said...

Abans de fer/assistir una festa de Harry Potter m'arrencaría els intestins amb un ganivet per escampar paté.

Ara... Una festa sobre una altra temática podría parlar-se en quan m'hagi recuperat de la última.

10:40 p. m.  

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